Si se olvidan,
que se olvide todo...
que se caigan los capullos
antes de hacerse flores
bajo el sol de junio.

Si se olvidan,
que se borre todo...
nuestras pequeñas dichas:
la canción que de noche nos habita,
el agua fresca en el limpio vaso,
la risa, el vuelo de las aves,
que se caiga a pedazos
el cielo
sobre nosotros...
si uno solo de ellos se olvida.

Si se olvidan,
que no quede rastro de nosotros
que nos olviden también
los tiempos que vienen,
que entierren en su futura indiferencia
nuestra cobarde desmemoria
incapaces de contener en nuestras puños
sus risas
sembrarlas
y volverlas justicia.

Si uno solo de sus rostros
se borra
si no recordamos
sus mañanas robadas
sus zapatos vacíos
la casa que, a diario, 
se pregunta por ellos
el alma de los padres
que en las noches
y en silencio
les grita
los busca
los llama
y sólo tienen
por respuesta la nada
entonces
que se borre todo
que se vaya
que no existan futuros
donde no estén ellos
presentes
hasta que brille
mañana, en diez, cien, mil años
el sol de la justicia.
Noche sobre nosotros
si alguno de ellos se olvida.



Ya era el tercer asalto del mes. Estaba verdaderamente harta.
¿Y todo para qué? ¿para quitarle un monedero con veinte pesos?
Una bufanda que le había tejido su abuela se fue en la back pack del último asalto.
 No tenía mucho... y el punto era que en el asalto, era más lo que la asustaban que
lo que le quitaban.

Ya no quería pasar otra vez por eso. Al pasar frente a la tienda tuvo la idea.
Compró medio metro de un plástico transparente en un vivo tono aguamarina...
Haría una bolsa transparente; con eso, los raterillos, a golpe de vista se darían
cuenta de sus pobrezas... de que no llevaba ni una computadora y que era
demasiado esfuerzo el que invertirían por obtener un celular viejo y barato.

Cortó las asas... trazó algunos dibujos con el marcador. No se veía nada mal...
después de todo, una bolsa de plástico no se tenía por qué verse fea. Le agregó algunos
adornos de listón, le puso un broche muy moderno y para la tarde, ya tenía una
bolsa linda y reluciente... pero, lo más importante, transparente.
Al otro día, echó sus cosas en la bolsa nueva y salió a la calle.

No. No podía ser... a dos cuadras,  un chamaquillo parecía haberla estado esperando. Navaja en mano, le urgía con la otra a que le entregara sus pertenencias. Intentó la salida...

- Mira bien... no tengo nada que ocultar... no traigo nada, nada más mis libretas y ya están usadas... ni dinero ni nada.

El chico ni se inmutó
- Saca tus mugres. Nomás quiero la bolsa pa' mi chava. Está bien chida.




Un horizonte de aguas rojas
río de piedras primordiales,
línea de cabezas
que van rodando
por la pendiente
de la vergüenza...

Frontera de cruces;
manos y labios
que imploran
por que ella
encuentre sus huellas
y vuelva a casa.

Un desierto que come mujeres.

Ciudades sin memoria
que -a falta de una lengua madre-
peroran en el dialecto
de la ignominia.

Metemos la mano
en treinta pacas
y sólo sacamos sangre.

Una vez, hace tiempo,
un pueblo tomó los huesos
de sus muertos...
y cruzó la frontera
para refundarse mexicano

Hoy, nadie recoge
los huesos de sus hijos
antes de volver,
con miedo,
al país del que salieron
sus abuelos.

Trocas que relumbran como balas,
que aceleran
sobre un camino de oro,
que toman, de un puñetazo,
a la mujer más hermosa,
al mejor pedazo de tierra,
al trozo de cielo más conveniente
que queda desgarrado entre las nubes.

Un viejo
solo
prepara la defensa
sólo tiene la dignidad
por escudo
y se lleva con él
sus manos apretadas
de impotencia
en un ataque despiadado

Una madre levanta un cartón
con el nombre de su hija,
un sicario le muestra
su propio abecedario

Dieciocho flores festejan
la primavera de sus días
que, de pronto,
se vuelve rojo invierno...

Sobre la mesa
de la médico forense
las cosas han cambiado...
Le enseñaron a controlar sus emociones
Pero ella llora...
su bisturí explora,
sin sosiego, cuerpos que fueron
madres, niños
rafagueados

Los limones se agostan en las huertas
-agrios como el momento-
y en las ciudades los precios se disparan
porque los narcos cortaron los caminos
del cítrico a las ensaladas...
pero
¿podemos comer algo más ácido
que lo que a diario nos desayunamos?

Los trenes transitan
sobre las vías del miedo
corazones sureños
que sólo cargan sueños
pero que no esperan
terminar con vida
el periplo de Dante.

Setenta y dos cuerpos
que dijeron no.
setenta y dos pobres
entre los pobres de la tierra...
Setenta y dos afrentas
puestas en nuestra frente
como la marca de Caín...
indeleble... en la memoria endeble.

Niños vueltos humo,
evaporándose
en expedientes...
Ricos que toman sus cunas calcinadas
y las vuelven maletas para su huída.

Ah, Norte que eres patria,
norte que dueles
en cada cabeza cercenada.

País que se vuelve una única,
desolada frontera,
huesos construyendo las ciudades
en medio de la nada.

Balas que forman letras
para aprender
la pedagogía del miedo...

Sierras eléctricas
cortándole el cuello
a la justicia.

Y en las pantallas babilónicas,
la puta llamada
poder mediático,
se solaza
se vuelve ley y condena,
libera a quien le da la gana
destruye a quien le conviene,
y todos, según su ley,
estamos obligados a hablar,
a mostrarnos como carne...

¿Qué más da?
El país es ya un inmenso rastro:
reses de miedo
cruzan nuestros sueños
camino al río de la muerte.

Nos aleccionaron tan bien
que temblamos vueltos nada...
si de cualquier modo,
con miedo o sin él,
van a volvernos fauna,
arena fina
para su vasto desierto,
retazo con hueso
en su zomplantli ...
¿A qué temblar?

el miedo, en esa dimensión de horrores,
sólo estorba.






Un horizonte de aguas rojas
río de piedras primordiales,
línea de cabezas
que van rodando
por la pendiente
de la vergüenza...

Frontera de cruces;
manos y labios
que imploran
por que ella
encuentre sus huellas
y vuelva a casa.

Un desierto que come mujeres.

Ciudades sin memoria
que -a falta de una lengua madre-
peroran en el dialecto
de la ignominia.

Metemos la mano
en treinta pacas
y sólo sacamos sangre.

Una vez, hace tiempo,
un pueblo tomó los huesos
de sus muertos...
y cruzó la frontera
para refundarse mexicano

Hoy, nadie recoge
los huesos de sus hijos
antes de volver,
con miedo,
al país del que salieron
sus abuelos.

Trocas que relumbran como balas,
que aceleran
sobre un camino de oro,
que toman, de un puñetazo,
a la mujer más hermosa,
al mejor pedazo de tierra,
al trozo de cielo más conveniente
que queda desgarrado entre las nubes.

Un viejo
solo
prepara la defensa
sólo tiene la dignidad
por escudo
y se lleva con él
sus manos apretadas
de impotencia
en un ataque despiadado

Una madre levanta un cartón
con el nombre de su hija,
un sicario le muestra
su propio abecedario

Dieciocho flores festejan
la primavera de sus días
que, de pronto,
se vuelve rojo invierno...

Sobre la mesa
de la médico forense
las cosas han cambiado...
Le enseñaron a controlar sus emociones
Pero ella llora...
su bisturí explora,
sin sosiego, cuerpos que fueron
madres, niños
rafagueados

Los limones se agostan en las huertas
-agrios como el momento-
y en las ciudades los precios se disparan
porque los narcos cortaron los caminos
del cítrico a las ensaladas...
pero
¿podemos comer algo más ácido
que lo que a diario nos desayunamos?

Los trenes transitan
sobre las vías del miedo
corazones sureños
que sólo cargan sueños
pero que no esperan
terminar con vida
el periplo de Dante.

Setenta y dos cuerpos
que dijeron no.
setenta y dos pobres
entre los pobres de la tierra...
Setenta y dos afrentas
puestas en nuestra frente
como la marca de Caín...
indeleble... en la memoria endeble.

Niños vueltos humo,
evaporándose
en expedientes...
Ricos que toman sus cunas calcinadas
y las vuelven maletas para su huída.

Ah, Norte que eres patria,
norte que dueles
en cada cabeza cercenada.

País que se vuelve una única,
desolada frontera,
huesos construyendo las ciudades
en medio de la nada.

Balas que forman letras
para aprender
la pedagogía del miedo...

Sierras eléctricas
cortándole el cuello
a la justicia.

Y en las pantallas babilónicas,
la puta llamada
poder mediático,
se solaza
se vuelve ley y condena,
libera a quien le da la gana
destruye a quien le conviene,
y todos, según su ley,
estamos obligados a hablar,
a mostrarnos como carne...

¿Qué más da?
El país es ya un inmenso rastro:
reses de miedo
cruzan nuestros sueños
camino al río de la muerte.

Nos aleccionaron tan bien
que temblamos vueltos nada...
si de cualquier modo,
con miedo o sin él,
van a volvernos fauna,
arena fina
para su vasto desierto,
retazo con hueso
en su zomplantli ...
¿A qué temblar?

el miedo, en esa dimensión de horrores,
sólo estorba.






Un horizonte de aguas rojas
río de piedras primordiales,
línea de cabezas
que van rodando
por la pendiente
de la vergüenza...

Frontera de cruces;
manos y labios
que imploran
por que ella
encuentre sus huellas
y vuelva a casa.

Un desierto que come mujeres.

Ciudades sin memoria
que peroran
-a falta de una lengua madre-
peroran en el dialecto
de la ignominia.

Metemos la mano
en treinta pacas
y sólo sacamos sangre.

Una vez, hace tiempo,
un pueblo tomó los huesos
de sus muertos...
y cruzó la frontera
para refundarse mexicano

Hoy, nadie recoge
los huesos de sus hijos
antes de volver,
con miedo,
al país del que salieron
sus abuelos.

Trocas que relumbran como balas,
que aceleran
sobre un camino de oro,
que toman, de un puñetazo,
a la mujer más hermosa,
al mejor pedazo de tierra,
al trozo de cielo más conveniente
que queda desgarrado entre las nubes.

Un viejo
solo
prepara la defensa
sólo tiene la dignidad
por escudo
y se lleva con él
sus manos apretadas
de impotencia
en un ataque despiadado

Una madre levanta un cartón
con el nombre de su hija,
un sicario le muestra
su propio abecedario

Dieciocho flores festejan
la primavera de sus días
que, de pronto,
se vuelve rojo invierno...

Sobre la mesa
de la médico forense
las cosas han cambiado...
Le enseñaron a controlar sus emociones
Pero ella llora...
su bisturí explora,
sin sosiego, cuerpos que fueron
madres, niños
rafagueados

Los limones se agostan en las huertas
-agrios como el momento-
y en las ciudades los precios se disparan
porque los narcos cortaron los caminos
del cítrico a las ensaladas...
pero
¿podemos comer algo más ácido
que lo que a diario nos desayunamos?

Los trenes transitan
sobre las vías del miedo
corazones sureños
que sólo cargan sueños
pero que no esperan
terminar con vida
el periplo de Dante.

Setenta y dos cuerpos
que dijeron no.
setenta y dos pobres
entre los pobres de la tierra...
Setenta y dos afrentas
puestas en nuestra frente
como la marca de Caín...
indeleble... en la memoria endeble.

Niños vueltos humo,
evaporándose
en expedientes...
Ricos que toman sus cunas calcinadas
y las vuelven maletas para su huída.

Ah, Norte que eres patria,
norte que dueles
en cada cabeza cercenada.

País que se vuelve una única,
desolada frontera,
huesos construyendo las ciudades
en medio de la nada.

Balas que forman letras
para aprender
la pedagogía del miedo...

Sierras eléctricas
cortándole el cuello
a la justicia.

Y en las pantallas babilónicas,
la puta llamada
poder mediático,
se solaza
se vuelve ley y condena,
libera a quien le da la gana
destruye a quien le conviene,
y todos, según su ley,
estamos obligados a hablar,
a mostrarnos como carne...

¿Qué más da?
El país es ya un inmenso rastro:
reses de miedo
cruzan nuestros sueños
camino al río de la muerte.

Nos aleccionaron tan bien
que temblamos vueltos nada...
si de cualquier modo,
con miedo o sin él,
van a volvernos fauna,
arena fina
para su vasto desierto,
retazo con hueso
en su zomplantli ...
¿A qué temblar?

el miedo, en esa dimensión de horrores,
sólo estorba.







El sol de medio día cayó a plomo sobre la pequeña ciudad.

Pero no fue sino hasta la medianoche que las ambulancias, los bomberos y todas las fuerzas armadas y no armadas, pudieron sacar al último ser humano aplastado bajo los escombros de los rayos del sol.
Un haz de fatigas y premuras
me levanta en medio de la nada...
tomo del fuego , tierra
y del aire, agua...
pero me bebo la conciencia
de ser polvo con alma,
un nervio con ojos y con dientes,
un afán que respira y se apresura.

Encontré una piedra y dije
es mía...
la colonizo, la levanto, la pulo
la hago un dios, la imagino casa...
hago arcos y despabilo espigas
pero la piedra
sigue siendo piedra
sin respuestas.

Entonces, tropecé con el mundo
y no supe que hacer.
Lo tuve entre mis manos
quemé las venas abiertas
besé el misterio de sus cuevas
lamí la sal de sus montañas
forniqué sin brío sus mesetas
el mundo siguió siendo mundo
sin palabras.

La noche no era negra
era un caos de estrellas ahorcándose
de hordas planetarias en masacre
una voz de odio disparaba las órbitas
no había atmósferas ni superficies
ni siquiera sé si el odio la moraba

Sólo sé
que tenía enfrente un universo.